Lluvia en la selva.

Quietud y luz extraña que vuelve mágica la imagen enmarañada, todo el verde se vuelve luminoso por un rato.

Luego un atardecer aparente, los pájaros acallan sus trinos y el sonido de las primeras gotas se hacen sentir… temperatura más que agradable… extrañamente no hay insectos…

Una tensión difícil de describir va aumentando y el chaparrón llega… las gotas se vuelven líneas de agua que generan una lluvia paralela de hojas, de una gama de colores bellísima, que van del cremita al naranja intenso… toda una armonía y toda una sinfonía…

Los árboles de troncos con diferentes grosores, texturas y tonos de grises que llegan alto, casi hasta el cielo, sosteniendo enredaderas y más abajo los arbustos de mil verdes, van haciendo soporte a bellas cascadas, al incrementarse la intensidad y la cantidad de agua que cae…

Silencio de fauna… sonido de lluvia…

El suelo, hábitat de un sinfín de seres que transforman la hojarasca en alimento para la misma selva, se vuelve más esponjosa. Pisarla es un placer, la tierra absorbe las energías que no nos hacen falta y nos carga de vida…

Con el viento que llegó antes, las semillas volaron, o cayeron de los frutos abiertos, o fueron depositadas lejos de su tutor por algún pájaro que comió su fruto, en esa tierra rica, autosuficiente, donde germinaran y regenerarán la misma maraña, para luego cumplir cada una su misión: fibra, comestible, medicinal, maderable o recipiente…

Así, en una espiral sin fin, cada parte haciendo lo suyo, con exquisita excelencia, sin esfuerzo y entre todos sosteniendo la comunidad selvática…

Cuánta riqueza… el verdadero valor en esta existencia que compartimos con ella.

Cuánto para aprender, cuánto para imitar…

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